Pero además de su escaso talento para la política, lo que ha descabalgado a Ana Botella es un ataque fulminante de no ser Gallardón. Esto es, de no tener la flor en el culo que ha tenido toda la vida el hoy ministro. A una Botella casi recién llegada se le monta una tragedia enteramente gallardonesca en el Madrid Arena y nadie dice ni media: una imprudencia permitida, apadrinada y consentida por el núcleo duro del antiguo alcalde. Luego se mete en defender a golpe de cup of coffee una olimpiadas que probablemente no le importaban un pito y que eran, de nuevo, expresión de la megalomanía de su antecesor. Y para colmo le cae esta epidemia de ramas asesinas, la clásica desgracia que tiene algo de negligencia pero lo suyo de mala fortuna.
Porque estas cosas a Gallardón no le pasaban. O a lo mejor sabía escurrirse mejor, porque es indiscutiblemente más listo que Botella para los asuntos políticos. O a lo mejor El País y la SER le rascaban tanto la espalda que ni nos enterábamos, cuando les parecía la encarnación ni más ni menos que de la derecha europea, moderada y respetuosa. Su sueño popular que se les ha vuelto pesadilla al llegar a ministro, deseoso de enmendarse con la derecha poco europea y nada moderada ni respetuosa que aún tiene su influencia en el PP.
Sólo la casualidad podía ponernos de alcaldesa a Ana Botella, pero eso ya le dejó el karma tan revuelto que las desgracias le han desfilado todas juntal. Rama a rama.
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