lunes, 24 de marzo de 2014

Madrid-Barça en el oasis

No se puede ver el fútbol en un lugar más español que éste: a 6.000 kilómetros de casa, un auténtico bar de viejos. El Círculo Español de Astoria parece desde fuera una vieja y respetable logia masónica, con un cartel grabado en piedra que indica 'The Royal Order of the Moose', pero el camuflaje es sólo exterior. Nada más cruzar la puerta no vemos la madera pulida de un 'speakeasy', sino una acogedora barra propia de un restaurante de gasolinera de la A-1. El retrato del Rey no es de Elvis, sino propiamente del Rey, y en vez de esos cubículos con sillones acolchados están las mesas mal calzadas y los manteles de papel que ha de tener todo bar español. Sí, eso de ahí son patatas bravas.

Sin embargo, como en casi todo, el aspecto es secundario. Donde más se siente la españolidad de este oasis español, que no hispano, es en la concurrencia. No la de hoy, donde por ser día grande está lleno de estudiantes y recién llegados, sino la que te recibe un día cualquiera entre semana; la de los abuelos jugando al dominó que, como si este fuera el bar de cabecera de cualquier pueblo manchego, callan cuando ven entrar al desconocido y lo miran no con hostilidad, pero sí con extrañeza. 

Estos fieles a los que normalmente les sobran tres cuartas del local se arremolinaban hoy en la barra, dejando el inmenso comedor a la marabunta traída por el fútbol. Tres horas antes de que Undiano (ay, Undiano...) diera el pitido inicial ya no quedaba una mesa; todos dándonos ánimo con paellas a las que en casa no mirarías dos veces y que aquí te saben a El Bulli, explicándole al ocasional amigo americano qué es una 'porra' y la correcta traducción de 'hacerle un siete' a alguien. Todo a voces.

Mientras empieza y no empieza ya corren las copas a la española, esas que no tienen hielo de granizado sino cubitos gordos, con doble de generosidad. Un grupo de japoneses disfrazados, que no vestidos, del Barça trata de poner buena cara mientras las tres mesas contiguas los señalan y hacen chistes 'de chinos'. Un señor al que se le ha olvidado el español chilla 'Hala Madrid' a pleno pulmón cada treinta segundos durante los quince minutos previos. Esto promete.

El resto es historia. Todos pudieron celebrar algo en algún momento, que no está mal. Algún exaltado como yo discutió un penalti y hubo precio sin IVA y con IVA, como en casa mismamente. Atendían las mesas los hijos más jóvenes de los emigrante españoles, casi todos con un castellano más que razonable y un inglés, a mis oídos, perfecto. Una de ellas tiene acento gallego y nos dice "Si lo pierdo, no sabes cómo se ponen mis padres". Llegó con diez meses y hace el viaje de vuelta tres o cuatro veces al año. Era del Barça, cosas de juventud. Los del club de dominó, mis favoritos, eran mayoritariamente de los buenos.

sábado, 22 de marzo de 2014

Only in America: la tarjeta regalo del Burger King

Nada dice te quiero como quince dólares para que te los gastes en lo que quieras. En un whopper, alitas de pollo, aros de cebolla... Un sinfín de posibilidades


miércoles, 12 de marzo de 2014

La ciudad callada

Si Nueva York es la ciudad que nunca duerme, Madrid es la ciudad que nunca calla. Las conversaciones a voces son parte fundamental de la idiosincrasia de este lugar de pocas idiosincrasias, hogar de todos y casa de ninguno. Ese bullicio tan nuestro estaba allí cuando tomé el metro en la mañana del 11 de marzo de 2004, una hora punta cualquiera con sus empujones, sus Ipods y su leer el periódico gratuito por encima del hombro de alguno. Para cuando regresé a casa al mediodía, sin embargo, ya era 11-M: los trenes iban y venían semivacíos y en los vagones había un silencio espeso y antinatural, lleno de miradas nerviosas. Nadie leía, nadie empujaba y casi nadie escuchaba el Ipod.

Y eso que en el Madrid de entonces una bomba o un tiro en la nuca no eran tan sorprendentes como lo serían ahora. Teníamos comando a nuestro nombre y los etarras habían dado sobradas muestras de su continuo interés por la ciudad. Tal vez por eso yo, que había visto desde el patio de mi colegio la columna de humo del  atentado de Puente de Vallecas, no contemplaba ninguna opción que no fuera ETA. Reconozco que me extrañó ver a Arnaldo Otegi en las noticias del mediodía con aquella declaración tan categórica de que no lo contemplaba la "ni como mera hipótesis". Viniendo de un tipo que no había tenido el más mínimo escrúpulo en atenerse a la despreciable fórmula abertzale del "lamento pero no condeno", me chocó. Llegué a pensar si el atentado no sería obra de un grupo incontrolado de etarras al estilo del IRA Auténtico, pero no fui más allá.

Entretanto, la ciudad seguía aturdida por el dolor: las imágenes de Atocha, Santa Eugenia, El Pozo e Ifema nos tenían pegados a la televisión, esperando noticias tras puertas cerradas, en silencio. Pero iba a ser el gobierno el que nos devolviera la voz aquel día. No otro que el ministro del Interior, Ángel Acebes, cuando a eso de las ocho de la tarde salió a contarnos que la Policía había encontrado una furgoneta con detonadores y cintas con versículos del Corán. Todo lo cual no redujo un ápice su convicción (moral, dijo por aquellos días Mariano Rajoy) de que ETA era la responsable. Y con ello, a mí se me cayó la venda de los ojos y lo vi claro por fin. Para ser un estudiante de periodismo me había tomado bastante tiempo.

Durante meses el gobierno se había tomado el lujo de apoyar la invasión de Irak frente a una opinión pública en franco y rotundo desacuerdo. Creían en Génova, y parecían llevar razón, que el asunto podía sacar manifestantes a la calle pero no era tan importante como para poner en peligro el traspaso de poderes entre Aznar y su designado sucesor. Eso, claro, hasta que Irak estalló en los trenes en el peor momento y ya no era un asunto menor, era el único asunto. Puede que aquel argumento callejero de "si no te hubieras metido en Irak, nada de esto hubiera pasado" no sea completamente cierto, pero para la mayoría de los españoles aquel día era claro como el agua clara. También, desgraciadamente, para los estrategas del Partido Popular que abanderaron esa absurda negación de la evidencia.

Así fue como en apenas unas horas Madrid pasó de ciudad callada a ciudad ruidosa, pero no con el bullicio alegre que le es tradicional, sino voceando rabia a pleno pulmón. Algunos hubieran deseado decir "te lo dije" pero fue otro el grito que se impuso en la manifestación del viernes, lloviendo a mares: "¿Quién ha sido?". Porque el gobierno estaba repartiendo desinformación a diestro y siniestro, presionando a medios a derecha y a izquierda, movilizando a las embajadas, prostituyendo a la Agencia EFE, descolgando el teléfono y haciendo lo que fuera necesario. Como si se estuvieran jugando la vida. Porque se estaban jugando la vida.

Tras el jueves del silencio y el viernes de la rabia, llegamos a un sábado que fue de todo menos de reflexión. No sé si Rubalcaba estuvo mandando personalmente los SMS, como viene a decir la mitología PPopular, pero desde luego que había mucha gente que se había quedado con ganas de seguirle gritando a un gobierno que persistía en su mentira. Contra la policía, contra los expertos internacionales, contra viento y marea los de la "convicción moral", del gobierno al partido, seguían apuntando a ETA. Pero ya no había tragaderas y al PP le había traicionado el calendario que decía que el domingo era domingo, domingo electoral. Domingo de justicia.

El efecto "te lo dije" de la guerra de Irak tuvo sin duda su peso, pero probablemente menos que el de esos miles de votantes de izquierda a los que el teatrillo de Acebes sacó de sus casillas. En ningún sitio se notó tanto como en Madrid: de haber ganado las anteriores generales por veinte puntos de diferencia sobre el PSOE, esta vez el PP le sacó apenas uno e Izquierda Unida se desplomó víctima del llamado ''voto útil'. Muchos de aquellos a lo que les acababan de birlar el cambio en Madrid tras el 'Tamayazo' volvieron a las urnas para castigar al PP.

Tras el silencio, la rabia y la justicia, Madrid volvió a ser la ciudad de siempre. Las convulsiones de aquellos días de marzo pasaron, dejando una terrible pérdida en vidas y una cierta medida de amargura. Aunque había sido golpeada por el terrorismo muchas veces, la sensación de vulnerabilidad que dejó este atentado fue muy diferente. Y también dejó una señal en nuestro sentido del humor: en esta ciudad he oído chistes macabros y de poco gusto sobre muchas tragedias pero diez años después, ni uno sólo sobre la matanza del 11-M.




jueves, 6 de marzo de 2014

Obama y Putin, duelo de fracasados

De un lado, Barack Obama, ya con esa cara de cadáver que se le pone a todos los presidentes en su segundo mandato. Consciente, desde luego, de que el tiempo se acaba y de que lo que no haya conseguido hasta ahora ya es poco probable que lo consiga... y de que lo que ha conseguido, es más bien poco. O eso parece, porque rescatar al país del abismo financiero y obligar a todos los estadounidenses a tener seguro médico no le parece gran cosa a sus conciudadanos. Su popularidad languidece en mínimos históricos y presidente se ve ante la incómoda certeza de que su única línea en la historia la escribió antes incluso de llegar a la Casa Blanca: "el primer presidente afroamericano". Desde entonces, todo ha sido caer.

Del otro lado el zar Vládimir Putin, que acaba de gastarse 36.000 millones de euros en una olímpica operación de lavado de imagen que él mismo se ha encargado de arruinar sólo unas semanas después. Si los juegos de Sochi habían provocado más chistes que otra cosa en Occidente, ahora el presidente ha decidido que la nueva cara de Rusia no será la de esos lavabos increíbles en los estadios sino la de sus tanques en Ucrania. Un rostro más serio, más soviético y mucho más siglo XX.

Obama intentó al principio hacer como que no pasaba nada, temeroso de que la enésima crisis internacional le quitara su última oportunidad de hacer algo grande en Estados Unidos. De ahí el ridículo: Obama hablaba de "graves costes si hay una invasión" cuando la invasión ya había comenzado y la primera amenaza que salió de la Casa Blanca fue la de no mandar delegación oficial a los juegos paraolímpicos. No es exactamente la manera más convincente de intentar devolver los tanques a los cuarteles.

Putin también ha tenido su ración de ridículo. Su protegido Yanukovich le ha salido rana y a huido a la carrera de Kiev con la banda presidencial puesta. Y desde ahí va improvisando. No sabía muy bien para que sacó los tanques y los sacó pese a todo. Ahora Crimea llama a su puerta para anexionarse a Rusia y eso le va a traer graves problemas y pocas ventajas, porque su base naval ya la tenía antes y ahora Occidente está de uñas y al otro lado del Mar Negro, Turquía no quiere ni oír hablar del tema.

Lo de Crimea es un duelo improbable de fracasados. Claro que uno de ellos tiene todo el tiempo del mundo, la prensa amordazada y un parlamento que está completamente a sus órdenes. Obama, en eso, lo tiene peor.