miércoles, 10 de septiembre de 2014

Adiós, Ana

Fuera de un golpe militar, Ana Botella sólo podía llegar a alcaldesa por accidente y fue eso lo que pasó. Se coló en el ayuntamiento por la puerta de atrás y supongo que algunos pensaron que a lo mejor resultaba ser lo que no parecía. Pero no, resultó ser justo lo que parecía e incluso con las inmensas tragaderas que tiene Madrid para lo popular, al alto mando marianista le ha parecido demasiado.

Pero además de su escaso talento para la política, lo que ha descabalgado a Ana Botella es un ataque fulminante de no ser Gallardón. Esto es, de no tener la flor en el culo que ha tenido toda la vida el hoy ministro. A una Botella casi recién llegada se le monta una tragedia enteramente gallardonesca en el Madrid Arena y nadie dice ni media: una imprudencia permitida, apadrinada y consentida por el núcleo duro del antiguo alcalde. Luego se mete en defender a golpe de cup of coffee una olimpiadas que probablemente no le importaban un pito y que eran, de nuevo, expresión de la megalomanía de su antecesor. Y para colmo le cae esta epidemia de ramas asesinas, la clásica desgracia que tiene algo de negligencia pero lo suyo de mala fortuna.

Porque estas cosas a Gallardón no le pasaban. O a lo mejor sabía escurrirse mejor, porque es indiscutiblemente más listo que Botella para los asuntos políticos. O a lo mejor El País y la SER le rascaban tanto la espalda que ni nos enterábamos, cuando les parecía la encarnación ni más ni menos que de la derecha europea, moderada y respetuosa. Su sueño popular que se les ha vuelto pesadilla al llegar a ministro, deseoso de enmendarse con la derecha poco europea y nada moderada ni respetuosa que aún tiene su influencia en el PP.

Sólo la casualidad podía ponernos de alcaldesa a Ana Botella, pero eso ya le dejó el karma tan revuelto que las desgracias le han desfilado todas juntal. Rama a rama.

domingo, 7 de septiembre de 2014

París es siempre lo mismo, ¡Viva París!

A París hay que venir todos los años, no vaya a ser que cambie un poco. Como europeos de pro, esta es nuestra meca: del mismo modo que Nueva York es la gran ciudad estadounidense aunque Washington despache los asuntos de gobierno, París es el alma de Europa aunque los fondos de cohesión se repartan en Bruselas y las decisiones se tomen en Berlín. De Londres, mejor ni hablar.

Así que yo predico con el ejemplo y vuelvo todos los años convencido de que cada vez pongo mejor acento y que las tres semanas que pasé como estudiante en la Alliance Française en 2006 están dando fruto tardío. Y me encuentro todo igual y me encanta: empiezo el mismo recorrido de siempre haciendo zigzag por el Sena y no cojo el transporte público ni un poco para no perderme ninguno de esos pisos en los que me veo viviendo desde hace años. Compruebo también que los camareros siguen siendo igual de impertinentes y que me sigue dando igual: yo podría vivir aquí seis meses sólo paseando y sin juntarme mucho con nadie.

Me encanta París como un decorado. A los edificios monumentales les va bien el tipo de gente que pasea por la calle con aire de ser de aquí. También es cierto que parece que a la Francia de ahora, con su anquilosamiento económico y otras desgracias, le cuesta cada vez más llenar esa carcasa impoluta y gloriosa que tiene por capital. El legado en mármol de las glorias revolucionarias y reaccionarias se lleva mal con el presente, pero no pierde ni un poquito de brillo y eso es lo mejor que tiene París. Las apariencias se mantienen pase lo que pase, placa a placa.

Pero no corramos a enterrar a Francia por todo lo que fue, que es mucho. Aquí la especialidad de la casa es reinventarse para seguir igual. De corderos complacientes en la Segunda Guerra Mundial se las apañaron para emerger si no vencedores, al menos con la insolencia de los vencedores; todo merced a un número mínimo de arrojados comunistas a los que la posguerra no dejó nada. También pareció luego que el mastodóntico estado gaullista acabaría derribado por los del flequillo y en vez de eso crecieron para heredarlo y resultó que a Mitterrand le iba todavía mejor aquella pompa imperial.

Y así siempre. Cómo me gusta París, hay que venir todos los años.