domingo, 27 de julio de 2014

Conclusiones precipitadas sobre los canadienses

La primera impresión de un país, casi siempre, te la da un policía aduanero. Es una enorme responsabilidad que muchos de estos agentes no advierten o no toman en serio. Mi primera experiencia personal en EEUU en 2006 fue una larguísima cola y un desagradable intercambio con un agente Asiáticoamericano de muy mal carácter que me mandó a la inspección secundaria. Ahí debió empezar mi temerosa relación con los agentes de la ley de este país, que todavía me dan un poco de miedo por razones que, admito, tienen más que ver con las películas que con la realidad.

Por eso cuando esta semana entré en Canada iba ya preparado para el habitual espectáculo de docilidad, tartamudeo y sordera que suelo protagonizar en estos casos. Pero cuando llegamos a Toronto no esperamos ni cinco minutos y pasamos a ver a una agente sonriente que tras tres simples preguntas nos dio la bienvenida y nos dejó continuar. Parece que este nombre de señor de la droga colombiano que tengo y que preocupa tanto en el aeropuerto JFK de Nueva York no levanta las sospechas canadienses.

Íbamos muy extrañados ante semejante falta de estrés cuando vimos que llegaba el autobús que nos tenía que llevar a la ciudad. Echamos a correr mientras el conductor nos esperaba pacientemente y sólo cuando subimos nos dimos cuenta de que no llevábamos cambio exacto. De nuevo a riesgo de generalizar, diré que teníamos en mente a los conductores de autobuses de Nueva York y su carácter forjado a través de décadas de atascos en Manhattan... por eso nos sorprendió que el tipo, sonriente de nuevo, nos invitara a pasar y nos pidiera que le prometiéramos que si usábamos de nuevo el autobús pagaríamos dos veces. No dábamos crédito.

Nuestra cortísima experiencia con los canadienses es esa, la de gente sonriente y extremadamente educada. Las cifras van mucho más allá: hablan de un país riquísimo pero en el que el dinero está mejor repartido, de unos servicios públicos fuertes y de un pasado de acogida al inmigrante tan amplio como el de EEUU, pero más caritativo a día de hoy. Y por supuesto, retratan a una sociedad en la que también gustan mucho las armas pero cuya cifra de muertes por tiroteo es una anécdota, sobre todo comparada con la del vecino del sur.

Y además de todo esto, dirían muchos estadounidenses, son aburridos. Y les gusta mucho el hockey y el socialismo. Y celebran Acción de Gracias en un día diferente. Es difícil juzgar en tan poco tiempo, pero yo los encontré desde luego más sosegados. También me pareció que el nivel de vida era generalmente alto y el ritmo de vida, bajo. También hacía más frío, como manda el tópico. Y su vista de las cataratas del Niágara es mucho mejor, eso es indiscutible.

jueves, 17 de julio de 2014

Los inmigrantes ilegales de Nueva York: también los españoles

No voy a hablar de José Antonio Vargas, el periodista detenido y liberado esta semana por el hecho de ser un filipino que llegó a Estados Unidos con 12 años y se quedó, ilegalmente, a ir a la universidad para hacerse periodista y ganar un Pulitzer. No, no lo haré porque no lo conozco, pero sí que voy a hablar de los muchísimos inmigrantes ilegales que he conocido aquí.

La mayoría son exactamente como te los imaginas y tienen nombres, ya ves, que se parecen mucho a los nuestros. Son esos que están detrás del mostrador en casi cualquier comercio y que hacen por tanto que un español se sienta en casa en casi cualquier sitio de por aquí. Los Migueles, Juanes y Marías sin los que esta ciudad inmensa no funcionaría diez minutos, porque no habría quien preparara los bagels de desayuno o vaciara las papeleras de las oficinas. No por nada veo cada día carteles de "Se solicita lavaplatos" y siempre están escritos tal cual, sólamente en español.

No lo digo yo, cuidado, lo dicen también los republicanos. El jefe de campaña de uno de los golfos favoritos de este blog, el congresista imputado Michael Grimm, ni siquiera se molesta en negar las acusaciones de que su jefe tenía empleados a inmigrantes ilegales en su negocio: "dime un empresario de Manhattan que no lo haga", dice. Y se queda tan tranquilo, porque además es verdad. La verdad que todo el mundo sabe, incluidos los votantes.

Lo que parecemos no pensar es que también lo saben en San Pedro Sula, Honduras. Y también en Michoacán y en Guinea Conakry y en Bangladesh. Son cosas que "se saben": en todo el mundo "se sabe" que aquí hay trabajo para quién lo quiera y que se vive mejor que en esos sitios. Y que no tener papeles es problema para entrar y para salir, pero no para estar y trabajar. Y también que hay un sitio en Queens que "se sabe", que todo el mundo sabe, que por un módico precio te dan una tarjeta de la seguridad social falsa. Una tarjeta que no da derecho a nada salvo a pagar impuestos, pero que algo es.

Pero lo que mejor "se sabe" es que da igual lo alta que sea la valla. Mientras de un lado del muro la vida sea tan diferente a la del otro ya podemos gastar millonadas en alambradas y hasta fosos con cocodrilos que no va a importar, sea en el paso de Nogales en Arizona o en el del Tarajal en Ceuta: el hambre es lista y siempre encuentra otro lugar. Al que estuvo dispuesto a cruzar el Sáhara o a vérselas con los cárteles mejicanos, una vida de lavaplatos y la difusa amenaza de una improbable deportación no le puede dar más igual. Y la valla, en cuanto que último obstáculo, más todavía.

Tal vez lo que no "se sabe" igual de bien es que en esa comunidad inmensa y escondida hay muchísimos españoles. Los que se apuntan a una academia oscura para poder entrar a servir copas con visado de estudiante y los que no pueden volar a casa porque saben que no entrarán otra vez. Los que se van a Canadá cada tres meses y cruzan las cataratas el Niágara para volver a entrar de turistas, esperando que el agente vea un pasaporte de la UE y no haga muchas preguntas. Los multilicenciados trabajando de cualquier cosa que dicen "total, ¿qué es lo peor que puede pasar?, ¿que me deporten?" Pues sí, yo que soy un afortunado que está aquí legalmente, y he conocido ya unos cuantos.


viernes, 11 de julio de 2014

Aprendices de campañas sucias

En las primarias republicanas del año 2000, la campaña de George W. Bush hizo correr el bulo por Carolina del Sur de que su rival John McCain tenía una hija ilegítima negra. En las demócratas de 2008, Hillary difundió una foto de Obama con turbante y uno de sus subalternos sacó a relucir sus coqueteos con las drogas. Lo peor de todo este absurdo asunto de la presencia de Pedro Sánchez en la asamblea de Cajamadrid no es el navajazo traicionero, sino que no hayan encontrado nada mejor que esta idiotez. Probablemente confirma mis sospechas de que Pedro Sánchez es tan aburrido como suena.

Hace varios años un viejo sindicalista madrileño tuvo a bien educarme en el entramado infernal que era el gobierno de Cajamadrid. Pese a sus esfuerzos y gran conocimiento del tema no me enteré de mucho, pero hay algo que me quedó bien claro: después de elegido el consejo de administración, la Asamblea General pintaba bien poco. Marcar a Pedro Sánchez como 'blesista' es un absurdo tan grande como la hija ilegítima de McCain, sólo que tal vez menos efectivo.

Si de alguna indicación sirven las primarias estadounidenses, es necesario aclarar que son mucho más viscerales que las generales. En estas últimas los candidatos debaten modelos de gobierno, posibles soluciones y en el mejor de los casos filosofías políticas. En primarias, por definición, los candidatos republicanos o demócratas están de acuerdo en el 95% y las cuestiones de matiz aburren al electorado; por eso se convierten en salvajes batallas de personalidad. Todos esos que ahora pontifican en la radio acerca de la autodestrucción del PSOE no han debido fijarse en una primaria en su vida. ¿Ganó Obama las de 2008 por su plan de reforma fiscal? ¿O tal vez fue porque las convirtió en un referéndum sobre quién representaba el cambio ante una candidata que llevaba un siglo en el candelero?

Esto del guante blanco debe ser cosa la falta de experiencia, porque las primarias han de ser sangrantes o no ser. Que vayan advertidos.


lunes, 7 de julio de 2014

Lo que yo recuerdo de Pedro Sánchez Castejón

La primera y única vez que entrevisté a Pedro Sánchez él era un concejal de segunda en Madrid y yo tenía mucho más pelo. No recuerdo siquiera el tema: parquímetros, festivales de verano... quién sabe. En cualquier caso no era nada crucial en la agenda municipal porque si así fuera no lo hubiera llevado entonces Pedro Sánchez. Tal vez el signo definitivo de la escasa consideración que le tenían en el grupo municipal es que le dieran su número particular al periodista de una tele local, como hicieron. La razón de existir y fin último de un gabinete de prensa político siempre es que no te los saltes pero se ve que en el caso de Pedro, les daba igual.

Lo que hasta ese momento momento pensaba de él es que no era de los que hablaba más en el pleno pero sí de los que hablaba mejor. Claro que en el yermo panorama del socialismo madrileño, eso no era entonces ni ahora mucho decir. Sé que le llamé para que me dedicara cinco minutos y que dijo que sí al momento, lo que era una novedad en mi vida de entonces. También me acuerdo que sonó exactamente como suena ahora: inteligente, afable, estudiado, artificial y con una preocupante falta de espontaneidad.

Lo que mejor recuerdo es que no quedamos en Cibeles ni tampoco en la plaza de la Villa, donde todavía vivía en el exilio todo el ayuntamiento menos Gallardón y sus pretorianos. Quedamos en esa sede paralela que tiene el PSOE en la calle Gobelas, al pie de la carretera de la Cooruña, rodeada de chalés millonarios en la urbanización de La Florida. Algún trabajo electoral andaba haciendo para la reelección de Zapatero y sé que pensé: mira, parece que el ostracismo en que le tienen los lumbreras del PSM no se corresponde con lo que de él piensan en Ferraz. Vete a saber. Entonces el PSM era tan indescifrable y dado al absurdo como es ahora. O a lo mejor yo lo había interpretado mal.

De aquella entrevista hubo poco que reseñar, probablemente porque la especialidad de Pedro Sánchez era entonces y es ahora el ajustarse al guión. Lo vi también cuando a su compañera concejal Beatriz Corredor la hicieron ministra de Vivienda y se lo quiso llevar de Secretario de Estado; la cosa se torció por algún lado y Pedro se quedó en el ayuntamiento de Madrid con sus parquímetros y sus festivales de verano. Cuando pasó al lado del corrillo de periodistas al día siguiente no se permitió ni una coma fuera de sitio. Dijo que había que trabajar por Madrid y que tenía mucho que hacer. No se le escapó ni un chiste ni una risilla, ni un off-the-récord ni un nada. Puro guión.

Recuerdo haber pensado que era un ejemplo de autocontrol, porque aquello hubiera sido un salto muy grande y la decepción se le veía en la cara. Esa disciplina de mensaje es un arte complicado y masoquista, racional, y probablemente muy beneficioso para un político. Sin embargo ayuda cuando además puedes transmitir a la gente que de verdad te lo crees. Pedro Sánchez decía entonces y ahora todas las cosas correctas, pero todavía estoy por escucharle algo espontáneo y ya han pasado unos cuantos años.

domingo, 6 de julio de 2014

Que no te engañen, en EEUU sigue sin gustar nuestro fútbol

A finales del verano de 2006, una multitud de 100.000 personas se reunió en la Plaza de Castilla de Madrid para recibir a la campeona del mundo de baloncesto, fue cuando Pepu Hernández dijo aquello de "Os voy a decir una palabra. Y escuchadla bien, porque va a ser una palabra muy importante: ba-lon-ces-to". La final había alcanzado un 47% de share. Este año el último partido de la final de la ACB apenas llegó al 10%, mientras que la final de la copa del Rey de fútbol estuvo por encima del 60%.

Al público español le interesa mucho España pero poco el baloncesto, al igual que al público estadounidense le interesa su equipo pero poco el fútbol en general. Y los mismos que se equivocaban al augurar una nueva edad de oro para el basket son los que creen ahora que por fin nuestro fútbol ha arraigado en EE.UU. Ni había tanto ba-lon-ces-to ni desde luego se ve por aquí  mucho so-ccer.

Ha habido entusiasmo por el mundial. Los bares de Nueva York se han llenado y abundaban las camisetas pero, ¿qué hay de verdad ahí detrás? Los hispanos lo adoran, desde luego, y al resto les ha parecido entretenido en esta época veraniega en la que ya han terminado el baloncesto, el hockey y el fútbol americano mientras que el baseball todavía está empezando. En el partido clave donde el equipo estadounidense fue eliminado por Bélgica la audiencia no llegó al 10%, tres veces menos de la que, por ejemplo, tiene en España una final de Champions cuando no juega ningún equipo español.

El soccer, sobre todo en la Costa Este, va dejando de ser un deporte al que sólo juegan chicas y tal vez la MSL vaya atrayendo más gente, lo que no es difícil dado la final más vista de su historia tuvo un 1,7% de audiencia y no ha vuelto a lograrlo en los últimos 17 años. De ahí a hablar de una ola de "futbolitis" arrasando el país creo que hay un trecho. A los españoles les encanta ver a Nadal llorar escuchando el himno en París, pero eso no significa que les guste el tenis. No engañemos al personal.