viernes, 30 de mayo de 2014

La guerra de los caballos en Nueva York

A mí no me gustan nada los carruajes de caballos. Y lo digo por experiencia, ojo. Casi cada día del último año he recorrido el extremo sur de Central Park siguiendo la calle 60, donde los cocheros esperan a la caza de turistas. Eso quiere decir que durante todo un año, el olor a boñiga caballar me ha estropeado una buena vista del parque y sólo por eso yo ya los estaría prohibiendo; pero es que yo soy un poco extremista y por cosas como esta no me eligen alcalde de Nueva York. En vez de eso han escogido a Bill de Blasio que los va a prohibir igual, pero por diferentes motivos.

El motivo principal, diríamos, es complacer a los animalistas que rechazan la esclavitud de los caballos. Estos son los mismos que los del PACMA en España, gente que está un poco 'pallá' con el tema del amor perruno, felino, a las ballenas y equinos y al resto de criaturas. Lo que pasa es que aquí son más, o al menos tienen mucho más dinero y hacen más ruido. O a lo mejor de verdad hay otra sensibilidad general que viene de todos los años que hace que el americano medio no tiene "animales" pero sí que tiene "mascotas". Porque el americano medio no vive en el campo, vive en una ciudad o sus alrededores con un gato persa y un beagle.

El caso es que especialemente aquí, en esta capital vegana de América donde cada vez se comen menos cheeseburgers y más tofú orgánico de Whole Foods, los animalistas se movilizaron. Metieron mucho dinero en la campaña del ahora alcalde y se dedicaron a machacar sin piedad a su máxima rival; todo por el asunto este de los carruajes malolientes de Central Park, que ya son ganas de condenarte por una cosa así, que le hacían escraches a la puerta de su casa diariamente.

Y el alcalde de Blasio ha ganado y ahora, claro está, le toca cumplir. Le toca cumplir aunque tres de cada cuatro votante no quieran y aunque el tabloide más izquierdista de la ciudad, el Daily News, haya montado una campaña en contra. Va a tener que pasar por encima de los cocheros que se quedan en la calle, figurativamente, e inventarse una nueva chorrada para que los turistas gasten en el parque. No creo que recule, aunque últimamente haya dicho que prioridad, prioridad, tampoco es.

Y tal vez sea un error porque estas preocupaciones de pijos, y que me disculpen los animalistas, no resuenan tanto cuando uno sale de Manhattan y va a la ciudad donde no hay muchos veganos que compren en Whole Foods. En las últimas elecciones, el brooklinita de Blasio se declaró el candidato de esa Nueva York olvidada a la que esto le importa poco y que simpatiza más con el chófer que va a quedar desempleado que con el caballo que tira del carro.

Así que yo me voy a ponerme también de su lado, a pesar de los malos olores. Aunque sólo sea porque soy de esa opinión rancia de que los animales no son personas y porque no me parece que a un caballo le denigre lo más mínimo tirar de un carro. Y también por ver si así le damos un poco de vuelta a la corriente, si ponemos un palo en las ruedas a tanto amor animal que hace que las grandes teles de por aquí ignoren muchas miserias humanas a cambio de un vídeo de quince segundos con la última monería que hace una mascota. Se empieza por pequeños gestos.

lunes, 26 de mayo de 2014

Marcharse a tiempo: cuando Rubalcaba era 'el salvador'

Ahora que el PSOE vive en el desastre permanente es difícil recordarlo, pero en la primavera de 2011 hubo muchísima gente que le rogó a Alfredo Pérez Rubalcaba que tomara las riendas. Dentro y fuera del partido, eran legión los aterrorizados que pensaban que Rubalcaba podía si no parar el golpe, al menos mitigar la violencia del impacto.

Y no era ninguna locura. A pesar de todo aquel ruido del Faisán, Rubalcaba era el socialista mejor conocido y más tragable para el centro; tras cien años en el establishment nadie podía tacharle de revolucionario y desde luego que no era un bobo ingenuo como el que el PP señalaba en Zapatero. Tampoco era una treintañera que había hecho una transición veloz de ser catalana a ser andaluza y eso ayudaba.

Pero el golpe, claro está, no había quien lo parara. Y Rubalcaba se despeñó no más que ningún otro cuyo nombre hubiera ido justo debajo del puño y la rosa. Y él lo sabía, supongo, pero: ¿quién le culpa? Al feo, a inteligente operador en la sombra, al secundario de lujo nunca le dejan presentarse. Sólo ante un desastre así podía Rubalcaba ir el primero de la lista. Había que probar, claro.

Es entonces cuando la cosa se vuelve incomprensible. Cómo este tipo se ha dejado arrastrar por los caballos durante todo este tiempo: él, al que los suyos llaman inteligente y los otros llaman maquiavélico, que en política es tanto como decir muy inteligente. Rubalcaba ha seguido y seguido hasta ser ignorado por todos, los suyos y los otros.

Tal vez era espíritu del deber, tal vez quería recibir la última paliza y dejar al nuevo candidato sin un desastre precoz. Tal vez, más probablemente, esperaba uno de esos milagros en los que creen los políticos; una resurrección europea que le diera otra oportunidad. O tal vez miraba alrededor a muchos de los que quieren sucederle y justificadamente pensaba, ¿con estos van a estar mejor?

Lo único cierto es que el PSOE es hoy sólo más viejo y más débil que cuando él llegó a la secretaría general, como el propio Rubalcaba. Que el gran urdidor ha perdido en esto hasta la reputación y que todos los que gritaban ´sálvanos´ llevan meses gritando ´márchate´. Llevando al PSOE en carrera hacia la irrelevancia, él mismo se ha quedado allí.

viernes, 23 de mayo de 2014

Veteranos de guerra

Estados Unidos es un país que sabe honrar a sus héroes, al menos en lo que a la retórica se refiere. Aplauden a los soldados de uniforme en el descanso de los partidos y los paran por la calle para estrecharles la mano y decirles: "thanks for your service". El próximo lunes es Memorial Day y el país se volcará en pequeños gestos como este.

No lo digo con la sorna que lo suelen decir los españoles. Este reconocimiento social me parece lo menos que puede hacer un país por quien va donde le dicen y cuando le dicen, sin rechistar, a hacer lo que nadie más quiere hacer. Una cultura ciudadana de gratitud que es envidiable aunque a veces se quede en la fachada. Incluso aunque no llegue a los muchos mendigos son o se publicitan como veteranos de guerra. Incluso aunque incluya mucho epitafio a los muertos y poca atención a los vivos.

El culto al heroísmo tiene en Washington su ciudad santa. La capital es un enorme mausoleo lleno de memoriales de guerra y homenajes a héroes muertos. Una parque temático del llamado ‘excepcionalismo americano’, la perfecta visita de fin de semana que deja obnubilados a los pueblerinos, deslumbrados con el fulgor del poder estadounidense y con su mitología escrita en mármol.

Pasan por la capital el tiempo justo para admirar mucho e indagar poco y se marchan imbuidos del sentido de pertenencia que ha mantenido a este país unido a pesar de todos los pesares durante dos siglos y medio. Pero antes, desde luego, cruzan el Potomac para visitar el mármol de mármoles; el verdadero templo de la muerte y del heroísmo, de los mejores valores estadounidenses y del heroísmo que sustenta la leyenda.

Bajo las verdes colinas de Arlington, 400.000 soldados estadounidenses descansan. De la guerra civil hasta la de Irak, su presencia lo llena todo. En su mayoría se trata de filas y filas de simples lápidas blancas que crecen a razón de 30 por día. Un silencio respetuoso lo llena todo, dándote cierta paz al principio y hundiéndote en un opresivo luto después de ver las cien primeras tumbas. Todo es tan solemne que es un milagro que el soldado que desfila una y otra y otra vez ante la tumba de los soldados desconocidos no se vuelva loco.

Como Arlington, hay 131 de estos cementerios repartidos por el país, limpios y cuidados, solemnes y austeros. El país pasa con nota en su trato a sus muertos, no tanto así a sus vivos: esta semana los estadounidenses andan revueltos con las últimas revelaciones de los hospitales de veteranos, cuyas listas de espera harían estremecerse a cualquier paciente del 12 de Octubre. Más de uno se ha muerto esperando entre la palmada en la espalda y el mármol. Sobrevivir para esto, supongo que dirán.