jueves, 20 de febrero de 2014

Lo que yo recuerdo de Francisco Granados

Francisco Granados era, pero muy de lejos, el consejero más simpático de la Comunidad de Madrid. Probablemente el más listo, también. En aquel gobierno de señoritos que no salían de la M-30 más que para ir de caza, era el único que podía hacerse pasar por una persona normal. El único que en la fiesta de navidad de la Comunidad de Madrid, cubata en mano a las tres de la mañana, le seguía el ritmo a la manada de veinteañeros asilvestrados que éramos mayoría en la información local de entonces. También a los de las teles pobres y las radios desconocidas.

Era un tipo, ya digo, de lo más agradable. Bueno en los micrófonos, siempre divertido, nada ñoño y le atizaba a la oposición que daba gusto. El tipo de persona que podía y pudo echar a la izquierda de la alcaldía de su pueblo, Valdemoro, cuando eso era mucho decir. El único que podía compararse con Aguirre en su capacidad de conectar con los paisanos, pero muy particularmente con esos tres millones que no viven en Madrid-Madrid. El subalterno con más aptitudes políticas, dos pasos por delante de un pijo listo como Güemes y diez pisos por encima de Ignacio González, que todavía no ha conseguido caerle bien a nadie.

Pero en la política española ya se sabe que destacar está muy mal visto. Y los mismos que miraron hacia otro lado cuando le quemaron el coche y resultó estar a nombre de un constructor, los que le pasaron por alto ese servicio de espionaje de Mortadelo y Filemón que tenía montado, se lo cargaron porque lo de la política se le daba bien. Demasiado bien para su tranquilidad. Cuando Esperanza decidió quitárselo de enmedio, Granados plantó batalla lo que pudo, que en el PP de Madrid y contra Aguirre es bien poco. Entre que lo echaron del gobierno y le quitaron de secretario general del partido pasó unos meses surrealistas, convocando ruedas de prensa en Génova para salvaguardar su parcelita de autonomía. Dio igual: lo echaron de allí también y lo mandaron a languidecer al Senado, bien lejos de los focos, donde según su propia definición está "aparcado apretando un botón". Ahí y en las tertulias políticas de segunda división, donde sigue siendo por cierto muy entretenido

Así cuando he leído lo de su cuenta suiza, no me ha quedado más remedio que declararme no asombrado en absoluto. No porque Francisco Granados sea exactamente el tipo de jeta simpático del que te lo puedes esperar, que lo es, sino porque hace veinte años que el olor a corrupción le rodea aunque como un Eduardo Zaplana cualquiera, haya tenido suerte. No había salido de Valdemoro cuando ya olía. Si me preguntan, yo tendría dos opciones para Paco Granados: que lo metan en la cárcel o que el PP de Madrid lo devuelva a primera línea. Con todo, se lo echa de menos.

viernes, 7 de febrero de 2014

Mejor llámate John Johnson

En este país hay casi 40 millones de hispanos, con su molesta costumbre de llevar los apellidos tanto de su padre como de su madre. Y además a casi todo el mundo le da por ponerse dos nombres. Y sin embargo, desde el punto de vista de las autoridades, más te vale tener un nombre sencillito como John Johnson, porque de lo contrario...

De lo contrario te pasará lo que me sucedió ayer en el templo supremo de la burocracia estadounidense, el Department of Motor Vehicles, en este caso de Nueva York. Ahí iba yo a por mi licencia con todos los papeles en regla y digamos que me llamo Pedro Pablo Hernández de Soto Fernández. Bien largo, sí, pero un nombre similar al que pueden tener otros muchos. El caso es que ahí estaba yo con el pasaporte que me acredita como "Pedro Pablo Hernández de Soto Fernández" y con mi tarjeta de la Social Security en la que, como no cabe entero, pone "Pedro Pablo Hernández de Soto". Error, grave error, porque en ambas no pone lo mismo.

Después de que semejante problemón le causara un cortocircuito a la primera funcionaria que me atendió, fui a dar con un supervisor que me vino a decir: "Muchacho, cambia de nombre". Resulta que es demasiado largo, así que si quiero que los trámites funcionen tengo que acortarlo de alguna manera que quepa en mi tarjeta de la Social Security y asegurarme de poner todas las facturas en la misma fórmula de 'mininombre' para que gente como él no se haga follones.

De modo que un país que es capaz de espiar los mensajes de facebook de medio mundo y saber en qué pantalla del Candy Crush estás atascado desde hace un mes, no puede entender que tu nombre no cabe en la cartulina estándar de una tarjeta de la Social Security. No está nada mal contando con que el primer occidental que puso un pie aquí se llamaba Juan Ponce de León y Figueroa... Mira a ver si ese te cabe.